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Las entrañas

Hace más de diez años que me muevo en el mundo de los blogs, eso significa que yo ya no concibo mis días sin uno. Y es que tener un blog supone muchas cosas: constancia, creatividad, ilusión… De todos los blogs que he tenido, éste ha sido al que más cuidado le he puesto en las palabras. Si bien es cierto que ese es el único cuidado que ha recibido -ojo, para mí es el cuidado más importante-. Antes de éste, tuve otro al que mimé en más aspectos. Mimé su diseño, contenido y su difusión. Era un rincón que no me molestaba difundir; al contrario, me gustaba pasearme por los blogs de la misma temática, dejar mi granito de arena, y ver cómo esos granitos siempre regresaban. Eso es algo que me parece precioso del mundo bloguero. Todos los granitos de arena que dejes, acaban volviendo.

En este blog, sin embargo, no he hecho eso. Para mí, aquí están mis entrañas. De todos los escritos y relatos que he publicado, los que exhibo aquí son los que más intento perfeccionar. Eso no significa que sean perfectos, pero sí que para mí son importantes. Quizá por eso es que apenas difundo este pequeño rincón, pero creo que eso debe cambiar. No sé si cambiar para fuera o para dentro; es decir, no sé si relegar estos escritos a libretas o difundir los contenidos que aquí publico. Creo que acabará siendo lo primero, porque dejar las entrañas de uno en un lugar tan público como lo es Internet no es fácil. Tengo en mente otros proyectos, por lo que no sé cuál será la vida útil que le queda a este invierno descalzo. Tal vez se mantenga, aunque deshojado, hasta la primavera. Tal vez fallezca, el frío heló sus ramas y borró con nieve sus recuerdos.

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Julia

Que no pase de largo

Los pies, descalzos, sobre la arena; el sol, tibio, entre los dedos; el aroma del mar, de esperanzas saladas, impregnado en tu piel. Que no hay mejor y más soleada playa que la que viste tu sonrisa, que pasaría mis inviernos descalza entre tus desvelos.

Ojalá pudieras verte como yo te veo. El sol se pone en tus ojos de arena y oro cuando me miras, eres miel fundida que descompone todos mis argumentos. Que me das miedo, que haces que quiera arriesgar, apostar. Todos los brókeres están de acuerdo, no debo invertir acciones en este capricho pasajero. Y sin embargo, quiero. Quiero pensar que puedo ganar, que esto me va a dar más de lo que me va a quitar. Si esto es un error, deseo cometerlo. Eres el error del que más quiero aprender; la piedra con la que tropezaré una y otra vez. Serás mi equivocación más acertada.

Y es que ya he tenido suficiente miedo. He tenido miedo de no conocerte, de no gustarte, de no ser suficiente. He tenido miedo de ti, de mí y de nosotros. Que ya sé lo que es el dolor del mal de amor, lo que es cerrar los ojos en la cama, respirar, e imaginar que todo sigue igual. Que, a veces, olvidamos que los flechazos no dejan de ser heridas, y que no siempre nos curamos.

Pero ahora estoy aquí, y dejar que mis miedos me alejen no es una opción. Peor que un mal de amores sería no dar el paso. Así que voy a dejar que pase, y que no pase de largo.

Julia

De porqué me gusta la lluvia

El suelo está frío bajo mis pies. Cada pisada quema un poco. Me da igual, porque nuestras risas callan al frío y el alcohol, a nuestros estúpidos miedos. Hemos necesitado cruzar el mundo para descubrir que el destino nos pondría el universo en nuestras manos.

Los colores de la India se cuelan con el atardecer, dibujando haces de luz anaranjados y amarillos. Me gusta cómo esta tierra enfatiza tus rizos cobrizos, manchados de arena y vida. La música ha pasado a segundo plano, el último tambor es mi corazón acelerado.

He atravesado el planeta para acabar bailando contigo, ambos borrachos y descalzos en un lugar en el que nos miran extraño. En un momento así, feliz, es que recuerdo a mi abuela: las casualidades son el modo en el que Dios expresa su voluntad. Yo no sé si esto ha sido la voluntad de un ente superior o si ha sido el resultado de mi propio esfuerzo, pero ahora mismo siento que he encontrado lo que llevaba años buscando. Al final, ha merecido la pena.

Me he olvidado de qué se supone que estamos bailando, de si es un intento nefasto de vals o si es un torpe -y patético- ritual que nos acabamos de inventar para adorar a la lluvia. Me he olvidado también de porqué lloraba ayer, de porqué muchas veces sentí que mis sacrificios eran en vano y hasta he olvidado que tú, entre todas las personas, eres el único al que le cedo el honor de destruir este momento que recordaré el resto de mi vida. Tú, la lluvia y yo. Quién iba a decir que esos eran los sencillos ingredientes que componían la felicidad.

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Kyllene

La primavera en llamas

Supongo que ya se ha acabado el invierno. Entre tú y yo, queda la primavera en llamas. La lluvia se lleva lo que nunca nos dijimos, y lo que ya nunca nos diremos. Ninguno de los dos sabrá la verdad de lo que ocurrió. En algún punto de nuestra historia dejamos que el hilo que nos unía se desgastara. Y ahora no queda nada entre ambos, nada que sea capaz de volver a reunirnos. Las decisiones que nos separaron son irrevocables, y mientras todo el mundo se compadece de nuestra pobre historia yo sigo pensando que quizás esto no ha acabado mal.

Las palabras que guardé se quedan en mi paladar, escuecen al tragar. Pienso en si te habría gustado escuchar mi verdad, mi mentira. Porque hay mentiras que son verdad, y verdades que son mentira. Normalmente, cuando las parejas se separan, cada parte tiene una verdad que la otra considera mentira. Y viceversa. Es innegable, te quiero. Te quiero porque me diste esperanzas, ilusión, risas. Te quiero porque llegaste cuando ya no me sentía capaz de querer a nadie, rompiste mis reglas y decidiste quedarte junto a este desastre. No me arreglaste, ni intentaste poner orden en mi caos, sino que me aceptaste. Juntaste tus estrellas con mis lejanos planetas, y juntos creamos un nuevo universo. Ahora te has ido, nuestro universo se reduce a la nada. Quédate con mis planetas; yo cuidaré de tus estrellas.

La rueda sigue girando, los días pasando. Cada mañana te pienso un poco menos al despertar, y un poco más al acostarme. Pienso en si me piensas y, pensando, olvido en qué pensaba. De tanto recordarte ya no sé porqué te recuerdo; de tanto intentar olvidarte te has hecho un hueco en la cama de mi olvido. Me has dejado el universo en ruinas, la esperanza en carne viva y  una primavera en cenizas.

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Kyllene

Estaciones

No hace frío entre mis manos, el matcha se encarga de calentar mis dedos. La primavera se hace notar en las gotas que están pegadas al cristal de la cafetería, correteando unas detrás de otras en una carrera interminable. ¿Será que no quieren separarse? Hasta a ellas les duele verse de golpe convertidas en algo diferente, abandonar el cielo para estrellarse contra el suelo; nacer.

Hace sol, pero aun así llueve. La calle está poco transitada para ser domingo por la mañana. Estoy bien, pero aun así incompleta. Primavera en mi interior. Soy el inicio de algo que hace tiempo el frío deshojó y secó. Hoy es un vaso caliente el encargado de recordarme que ya no queda invierno entre mis dedos.

Alguien irrumpe en la visión que me ofrece el cristal. Te veo entre la lluvia. Juego a imaginar tu vida, es algo que suelo hacer cuando estoy aburrida. Lo primero que veo es que eres tan blanca como un copo de nieve. Eres nieve en el desierto. La lluvia parece respetar tu silueta. En apariencia estás intacta, pero yo sé que no. Lo veo en tu mirada concentrada, en tus pasos ligeros pero firmes. Estás huyendo de algo y puede que ni seas consciente de ello. Por un momento, espero ver a alguien detrás de ti, persiguiéndote. No, nadie te persigue. De lo que huyes está dentro de ti. Un pasado que no quiere quedarse atrás. Hasta en el olvido hay huellas imposibles de borrar, ¿Cierto?

Bajo la mirada hasta el vaso que se encuentra entre mis manos, con la curiosidad de saber a dónde te diriges con tanta decisión. Eras verano e invierno; yo, otoño y primavera. Juego a imaginar una vida contigo. Enredar mis dedos entre los tuyos por la mañana, verte bailar descalza, tropezar borracha y oír tu risa. Podríamos haber sido el paso de las estaciones, el tiempo que no espera, el sol y la lluvia. Podría.

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Ruby

La nebulosa de tu dolor

No te has visto. El metro está prácticamente vacío. ¿Quién coge el metro a las cinco de la mañana? Tú, yo, ese hombre que todos los días sin falta se baja en la parada del Tibidabo. Y no, no ha sido un error gramatical tener la osadía de ponerme entre los dos. Yo voy en medio, porque quiero ir pegada a ti, a lo que para mí es el pronombre . Tú, que miras la ventana como si observaras grandes edificios, maravillas arquitectónicas, parajes salvajes escondidos en los fiordos de Noruega.

Lo sé, no te has parado a mirarte. No has visto cómo la luz artificial y tenue del metro ilumina tu cabello cobrizo, pelirrojo. Puedo ver en tu incipiente barba sin afeitar que sí, definitivamente, eres pelirrojo. Esa naturalidad me atrae más. Mierda, es que no te has visto, porque parece que no quieres ni verte, ni que te vean. El gorro no esconde tu rostro, ni el flequillo que te cae desordenado por la frente. Tu rostro ladeado, fijo en el cristal que ahora sólo devuelve tu reflejo, no esconde tus ojeras, tus pómulos marcados. Tu ropa holgada no esconde tu excesiva delgadez, tu dolor que roza lo poético.

¿Qué estás viendo entonces? Me pregunto qué te ha herido así, qué ha hecho que te consumas como una vela que alguien ha olvidado apagar. No sé si te apagarás, o si te incendiarás. Me inclino a pensar en que te consumirás como una estrella, y morirás con una gran explosión que dará paso a una nebulosa. La nebulosa de tu dolor. Astrónomos de todo el mundo buscarán tus coordenadas, pondrán nombre a lo que fue tu vida, verán morir al Sol. Me pregunto, también, si existe algún otro modo de acabar con tu dolor, de curar tus heridas. Son tan evidentes las estrías en tu corazón.

¿Qué estás viendo donde nadie ve nada? Juego con las asas de la mochila, sin despegar mis ojos de tu silueta. No tengo la misma capacidad que tú para ver algo donde nada más que hay oscuridad. El altavoz suena, he llegado a mi parada. Me duele tener que despedirme una mañana más de ti. Me levanto, paso por tu lado. La curiosidad me lleva a mirar el cristal del que no separas tus orbes. Entonces lo veo. Veo el asiento ahora vacío que el cristal refleja desde tu posición. Una vez más has visto donde nadie más ve.